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lunes, 20 de octubre de 2014

UNA NOCHE EN GRANADA

Les pilló el anochecer en el Sacromonte, contemplando la puesta de sol sobre la Alhambra. Fue un momento mágico, de esos que te hacen presagiar que todo va a ir bien.
No había transcurrido una hora cuando les encontraron en una callejuela del Albaicín, degollados en medio de un charco de sangre. Ella con su vestido de gasa blanca teñido a retazos de rojo y él con los dedos quemados por la combustión del tabaco en la pipa que aún apretaba en su mano.
Antes del amanecer otra pareja fue acuchillada en El Realejo. Ella vestía un traje de lino blanco, ahora ensangrentado. En el suelo, aún humeante, la cachimba que minutos antes estaba fumando él.
Esta vez el sicario sí cobró por su trabajo.

EDUCACIÓN ESPECIAL

Sí, señor juez: En clase todos nos temíamos lo peor. El maestro nos castigaba, se burlaba de nosotros y, en ocasiones, nos pegaba. Hasta que, aquel aciago día, colgó al bueno de Contreras del árbol que había en el patio. Y todo porque decía que nunca le escuchábamos.
¡El muy imbécil jamás se enteró de que era un colegio para sordos!

EL HIJO

Parecía no reconocerme, inmóvil frente a mí con la mirada vacía. Sin duda empeoró desde que la ingresamos, hace apenas un mes. ¡Dios! ¡Qué duro ese momento en que una madre no conoce a su propio hijo! Quizá no ayude la barba que me he dejado ni esta nueva forma de vestir, más informal.
Me fui trastornado. Tanto que no recordaba donde había aparcado. Busqué con el mando hasta que destellaron las luces de un coche que no era el mío. Entonces, al verme reflejado en sus lunas tintadas, fue cuando lo supe: ¡No soy yo!

miércoles, 15 de octubre de 2014

HUMO EN LA LLUVIA

Apoyada en el coche, rajó con la uña el celofán de la cajetilla aún virgen y encendió un cigarrillo bajo la lluvia de aquel anochecer, sin pensar siquiera en la posibilidad de ir a casa a dormir.
Al alba seguía allí, empapada, fumando el último pitillo del paquete en la soledad del parking del tanatorio.

EXTRAÑAS PALABRAS

Esta mañana he recibido una extraña llamada. ¡Joder! Jamás había oído esas palabras dirigidas a mí. Desconcertado pensé en no asistir al trabajo, pero debo mantener las apariencias y continuar con mi vida normal. Se hace tarde. Cuando vuelva borraré el mensaje del contestador.

Al inspector Pedralles le sorprendió no encontrar nada en el domicilio de aquel pederasta. Todo normal en armarios y cajones. Nada sospechoso en el ordenador. Tan sólo esa escueta llamada, que volvió a reproducir por última vez. Y de nuevo escuchó las palabras te quiero.